miércoles, 2 de septiembre de 2015

TOMADO DE "ARCHIVO HACHE"

Imagen:  prólogo de "Las Vacas Paganas" número 2.

Crítica al libro de artista 


por Heriberto Yepez

El libro de artista es la estrategia consistente en atravesar la crisis del libro a bordo de un objeto, manufactura y diseño bellos: un libro con aura (por no ser industrial… y poner entre paréntesis ¿su? crisis).

Muchos libros de artista, en realidad, son libros de artesano. Su forma deriva de las manualidades, la artesanía, el craftmanship. 

A veces se supone que tiraje, materiales y trabajo artesanales bastan para hacer un “libro de artista”. Como pensar que cualquier paisaje al oleo, por ser bonito, logra ser arte. O creer que sonetizar y poetizar equivalen.

Definir al arte es arduo. Pero sabemos que rebasa lo bonito.

No distinguir entre el libro de artista y el libro artesanal provoca que el mundo del libro de artista tenga mucho de Classy Charlatán.

El mayor logro histórico del libro de artista es haber mostrado que los libros comunes son insuficientes, incluidos los libros de artista.

El libro de artista es un retro-centauro a medio camino entre las artes gráficas tradicionales y el arte contemporáneo. Esto no es necesariamente negativo, obvio, irrelevante o elogioso a sus jinetes, esto es, sus quijotes.

El libro de artista hoy vive un revival; es quizá el primer tipo de libro cuyo aura se fue y regresó. Después de una fase decadente a finales de siglo, revivió... ¿Renovándose?

Muchos libros de artista —como mucho arte contemporáneo— depende, sobre todo, del ingenio. Una bonita encuadernación, impresión delicada, ilustraciones atractivas, cuidado de diseño y ejecución, evidencia sensual de trabajo experto o curioso. El toque final: el ingenio.

Muchos libros de artista delatan y, a la vez, ocultan tratarse de obras más lujosas y ornamentales que artísticas. Con frecuencia, su presunción artesanal cubre un vacío.

Sólo visto como hoax podemos entender al libro de artista dentro del arte contemporáneo: el arte en problemas, cuyo hacedor está intoxicado de capitalismo. 

El libro de artista es otra de las estrategias posmodernas a la que han llegado comunidades del libro para sobrevivir. 

Lo que distingue al libro de artista es ser una estrategia de comunidades manufactureras del libro que se cruza con las estrategias de sobrevivencia de las artes gráficas, plásticas y visuales. En el libro de artista convergen la crisis del libro y la crisis del arte.

Pero también lo habitan otras crisis (desde las manualidades hasta las bellas artes). 

El libro de artista se caracteriza por esconder la crisis al emplear sólo fragmentos de otras artes, evitando ser relacionado directamente con la crisis integral de tales disciplinas.

Por otro lado, ser un disimulado bricollage le permite embellecer al libro de papel como artefacto y materialidad (agónicas). 

Todo libro de artista vuelve a sus técnicas, maquillaje mortuorio. Toda estética del libro es ya tanotoestética.

Léase este fin con ironía y sin ella: el libro de artista es el Día de Muertos del libro moderno.


Publicado en la columna semanal en el suplemento cultural Laberinto del diario mexicano Milenio. 
La columna se publicó el sábado 21 de febrero del 2015.

ACERCA DE LAS EDITORIALES CARTONERAS



El siguiente artículo ha sido pirateado de: www.radiadormagazine.com/2014/04/editoriales-cartoneras-en-mexico:


APROXIMACIONES AL CAMPO CARTONERO


Quizá sea necesario hacer un recuento de las características de las editoriales cartoneras, que a su vez las emparentan con otros proyectos editoriales independientes:

·      Son copyleft. Edgar Altamirano, poeta infrearrealista, ha dicho que las cartoneras son “disidentes del ISBN”. Raúl Zurita, por su parte, considera que hay algo profundamente democrático en la manufactura de libros cartoneros, y en parte eso tiene que ver con la postura manifiestamente en contra de la mercantilización del libro y la lectura.

·      Promueven la conciencia ecológica, así como la cultura del reciclaje, reúso y reutilización de materiales.

·      Son manufacturadas, es decir, creadas manualmente.

·      Tienen tirajes abiertos o bajo demanda, y dependen del “éxito” del libro.

·      Están basadas en una localidad (locally-based), e incluso en algunas se observan las características de las organizaciones denominadas grassroots.

·      Publican a autores nuevos, olvidados o censurados, aunque también se da el caso contrario, pues la legitimación de editoriales como Eloísa y La Cartonera Cuernavaca tuvo que ver con que autores establecidos, como César Aira, Ricardo Piglia o Mario Bellatin, cedieran los derechos de algunas obras suyas para una edición cartonera.

·      Como dice Ksenija Bilbija, des-jerarquizan y colectivizan el oficio de la edición de libros. La idea de nuevas formas de colectivizar el quehacer editorial consiste no tanto en armar una cadena de producción, sino una “actividad hormiga”, con tácticas más propias de la guerrilla que de un taller o un local de producción.

Por supuesto, esta enumeración es sólo una de las múltiples combinaciones posibles al conformar una cartonera. El gesto de establecer directrices que rijan a todo el movimiento equivale a limitar su rango potencial de acción y sobre todo le da la espalda a la colaboración para replegarse sobre sí mismo, se vuelve una competencia, un nuevo intento por fijar y nombrar cánones. El hecho de que muchas de estas definiciones difieran tanto (sobre todo en torno a los derechos de autor y el precio asignado al libro cartonero) habla del potencial creativo inherente a la fórmula artesanal o manufacturera.

Las cartoneras son apenas la punta del iceberg editorial emergente, aunque están constantemente asociadas con géneros de poca presencia en el mainstream literario, como la poesía y el cuento. La clave se encuentra en la palabra “manufactura”, un elemento imprescindible no sólo para el quehacer cartonero, sino de otros proyectos emergentes de producción editorial independiente. Por el momento, ninguna cartonera ha llegado al punto de formalización de Eloísa, salvo quizás Ultramarina de Valencia/Ciudad de México, lo cual podría resultarle incómodo a algunos, pues Ultramarina representa la variante o modalidad de la cartonera como una empresa, conceptualización que poco tiene que ver con los ideales políticos y sociales que dan forma a Eloísa. Sin embargo, entre estos dos polos (la cartonera como cooperativa y la cartonera como empresa), hay un sinnúmero de posibles variantes, las cuales son clara muestra del inmenso poder creativo que subyace detrás de un libro con tapas de cartón.


            A mi parecer, dos elementos son los que constituyen en mayor medida el potencial creativo de las cartoneras: por una parte, (re)insertan el libro al discurso social, a través de talleres como Libros: Un Modelo Para Armar (LUMPA) de Sarita; por otra, propician la apertura de plataformas de edición para corrientes literarias y culturales emergentes, underground o poco publicadas. Dependiendo de la editorial cartonera, dichos elementos aparecen en mayor o menor medida, e incluso en algunas ocasiones operan independientemente. Cada editorial cartonera busca un público objetivo, una línea editorial más o menos específica y asigna un valor determinado a sus productos finales. Su éxito depende no tanto de si sus textos y diseños son “buenos” o “malos” en un sentido estético, sino de que cubran un nicho de audiencia dentro de una comunidad (de lectores, de creadores e incluso de manufactureros, sean estos últimos remunerados o no).