“
Qué dolor de papeles que ha
de
barrer el viento,
qué
tristeza de tinta que
ha
de borrar el agua.”
(Rafael
Alberti)
Algo
cinematográfico las muertes de aquellas gallinas de muslos blancos, pechugas
rosadas. Thalía canta con su estilo. Algunas de las aves tenían varios huevos
en su vientre, Ramiro no supo matarlas bien. La mujer se contorsiona, sube
ambos brazos y junta las tetas que asoman por el escote, usa el micrófono como
un falo mágico embadurnándolo de lápiz labial. Ramiro les torció mal el
pescuezo, los animales volteaban los ojos a punto de irse de este mundo, pero
resistían y volvían en sí pataleando y
aleteando con desespero. La cantante hace la venia, recibe miles de aplausos mientras
sonríe con estudiada mueca fría e impersonal. Finalmente el hombre les cortó la
cabeza de un machetazo porque aquellas pobres plumíferas se aferraban
dramáticamente a su hilo de vida. El humo inunda la escena, Thalía desaparece
enseñando sus nalgas lentejueleadas, regresa con los brazos extendidos, el
público aplaude frenético, hay quienes se halan los pelos. La sangre salió a
chorros, aún sin cabeza las gallinas pataleaban y aleteaban. La muñequita
plástica se retira agitando sus manitas, estirando siempre la boca brillante;
fotos, flashes, alaridos. Ramiro ríe
con fruición, después lava sus manos y las seca en el pantalón manchado de
sangres viejas. Suspenso en la escena, alguien anuncia: ¡...y con ustedeeees...
Luuuuis Miiiiguel..!. Ramiro observa con enojo hacia la entrada del negocio,,
Eugenia viene tarde: “¡ Idiay chavala... te dormiste, la hora de entrada es a
las cinco de la mañana!”. Una fanática rompe el cerco de guardias y se abalanza
encima del cantante, se le guinda del cuello y lo ataca a besos. Eugenia mira a
Ramiro, no contesta nada, aún está dormida, hiede a orines, no se ha bañado, ni
peinado, ni enjuagado la boca. Los guardaespaldas arrancan violentamente a la
muchacha del figurín que se peina y sigue cantando: “ ... de tus besooos...oohoohoooh...
cuando calienta el soool...”. Eugenia se estruja los ojos con el dorso de la
mano, levanta con pereza el saco para el carbón y, arrastrando las chinelas, se
encamina a la venta. Luis Miguel baila levemente, le arrojan calzones,
fustanes, sostenes; la primera fila del público se cuelga de la tarima, la
policía apenas puede contener la avalancha de fanáticas fuera de sí.
Ya han desplumado las
gallinas, Ramiro las descuartiza ágilmente, Luisito barre el plumerío, las
pieles quedan desnudas y erizadas, las cabezas colgando aparte, el agua
hirviendo. Hay que pelar verdura, preparar la masa para las albóndigas. Eugenia
regresa con el saco de carbón, lleva una camiseta sin mangas y el frío de la
madrugada agita su bronquitis. Luis Miguel alborota su melena, se despoja del
saco leva y lo arroja a la masa que se deshace por tenerlo. Sonríe el artista,
su rostro partido en cuadrantes se proyecta desde las pantallas gigantescas que
circundan el lugar. Ramiro mete en agua pechugas, perniles, pescuezos, verduras
cortadas, sal; Eugenia atiza el fuego con una varilla de hierro. El cantante se
dobla hacia adelante con una mano en el pecho y otra extendida saludando al
respetable, los aplausos no cesan, es ensordecedora la gritería del público.
“Ahora vamos con el chancho” dice Ramiro; Eugenia y Luisito arrastran al animal
que chilla presa del pánico, va amarrado de patas y manos, no es muy grande. “¡Otra,
otra, otra...!” pero nada, su contrato no da para más; sonrisitas, venias,
cortesías a los músicos, cambios de luces, ir y venir de cámaras y fotógrafos;
el ídolo decide, en gracioso gesto, lanzar su corbatín al aire.
Es difícil controlar
aquel porcino, quizás presiente la proximidad de su muerte, brama hasta que
Luisito le hunde el cuchillo marranero en el cogote, sus chillidos y
convulsiones se van apagando. El público se calma, unos vuelven a sus asientos,
otros comentan y canturrean, otros van por un refresco o un pito de marihuana.
“Chancho hijuelagranputa tenía más fuerza que un hombre” dice Eugenia mientras
guinda a la bestia con la cabeza hacia abajo; Ramiro pone un balde bajo el
animal colgado para recoger la sangre. De repente las luces se apagan, un
sonido creciente se va adueñando del lugar, la gente se desgalilla
frenéticamente, un contraluz define gradualmente varias siluetas estáticas en
escena; los gritos de transforman en berridos enloquecidos. Ramiro, Eugenia y
Luisito han quedado empapados de sangre, las caras, las manos, los delantales. “Andá
ponele más leña al fogón mientras le abro las tripas a este jodido” dice la
niña Eugenia. Humo, una luz cenital ilumina la silueta recogida de Ricky Martin
encaramado en un podio espectacular. Humo, Luisito mete tres tucos grandes de
leña al fuego que se alza alumbrando el amanecer oscuro y helado de la ciudad.
Cuando Ricky se levanta, caen las primeras desmayadas, salen disparados fuegos
artificiales, juegos de luces; un rótulo gigante de la Pepsi parpadea al lado del escenario central. La estrella se
estira, baila coordinando movimientos con otros danzarines; el gentío salta
entusiasmado. Luisito regresa chapoteando por los charcos sucios del mercado
con un bidón de agua limpia sobre la cabeza, maldice porque debe hacer dos
viajes más y el camino está lodoso. Ya van tres días seguidos con mal tiempo y
las noticias anuncian la llegada de un huracán.
Cantando Ricky gira
sobre si mismo, levanta el brazo derecho y despliega su sonrisa sobre el
micrófono inalámbrico. La multitud se tira al piso, cantan con los ojos
cerrados, juegan a formar olas humanas, sacuden las cabezas. El cantante
recorre de lado a lado la tarima señalando al público con el dedo índice
estirado. Ramiro calcula que la sopa se venderá rápido, el frío es intenso.
Luisito descarga el bidón de agua, se amarra mejor el pantalón con el mecate y
se encaja las chinelas de hule, así corre menos riesgo de resbalarse. Los
bailarines están bañados de sudor pero sonríen siempre al público, parecen
muñecos de goma por su flexibilidad al moverse. Ricky menea la cadera como
fornicando al aire. Eugenia aparta la cabeza y las patas del chancho, alista
las tripas, prepara la moronga. Luisito revuelve la sopa de gallina con
albóndigas. Se adivina la llegada del nuevo día bajo un cielo gris plomizo.
Cuando Ricky termina su presentación, todos en escena quedan quietos de nuevo,
como estatuas vivientes y transpirantes. Truena el auditorio en gritos y
aplausos mientras la policía corre a contener el desborde histérico de aquella
masa de carne informe y convulsa; muecas, gesticulaciones sobre la frontera
metálica que los separa de su dios. Los caramancheles del mercado lucen
sombríos, la gente transita mustia también, con chaquetas impermeables, capotes
de plástico, sombrillas de colores chillones; todo es sórdido y triste. De la
tarima salen corriendo primero los bailarines, después Ricky caminando hacia
atrás, lanzando besos al público. Sus dientes se proyectan descomunales desde
las megapantallas mientras algunos, allá abajo, lloran emocionados.
Desde las radios
vecinas provienen noticias que se cruzan en la atmósfera húmeda, todas
coinciden en la inminente llegada del huracán, transmiten instrucciones
precisas para prevenir desastres mayores. “¡...Y en esta noche de estrellas
rutilantes, no podía faltar la presencia de uno de los grandes, ya ustedes
saben de quién se trata... ¿ no adivinan?...”; de nuevo oscuridad total en la
tarima. Luisito no puede creer en babosadas, necesita trabajar para comer,
aunque Ramiro le pague una miseria. Los árboles comienzan a doblegarse vencidos
por las primeras ráfagas de viento. “Abrázameee y no me digas nada sólo
abrázameee...”, retornan lentamente las luces a escena: una figura solitaria
canta sentada sobre una banca de patas largas y sin espaldar. Ya el público
sabe quién es, su voz inconfundiblemente empalagosa inunda el ambiente. La
gente vuelve al frenesí, al llanto eufórico. Los cables de luz se bambolean
amenazadores, los rótulos colgantes crujen desde su óxido acumulado; rechinan
flojas algunas láminas de Cinc. Ramiro revuelve el agua de la sopa, Eugenia
prepara el chicharrón, Luisito vuelve con otro bidón repleto de agua limpia. “Abrázameee,
como si fuera ahora la primera veeeeez...”. Se sacuden los techos plásticos
rasgados; las bujías de luz amarilla encendidas sin alumbrar nada, inútiles
como luciérnagas. “...como si me quisieras hoy igual que ayeeer”. Llueve de
lado, el viento empuja al aguacero casi horizontalmente, dejando pocos rincones
donde guarecerse. Las parejas bailan apretadas, algunos se besan y acarician
impúdicamente, Julio Iglesias se levanta de la silla, su rostro enjuto en las
pantallas, canta con los ojos cerrados; la policía descansa y se prepara para lo que viene.
— ¡Apurate Luisito,
traé por lo menos otro bidón de agua limpia antes que arrecie el aguacero!
— ¡Pero don Ramiro, es
peligroso pasar el puente, mire el cauce cómo
está de crecido!
— ¡Idiay... ¿ Para qué
te pago?, andá traéte el otro viaje y no te jodo más ¡
“Esperaré a que vuelvas
si te vaaaas...”, Julio regresa a la silla, junta las manos sobre el micrófono,
agacha la cabeza; aplausos, besos, Julio, Julio, Julio, Julio; flores al aire,
de nuevo la policía a contener el alud. El ídolo saluda con una reverencia, se
acerca al público y, con ademán donjuanesco, arroja su pañuelo de seda al
gentío atolondrado.
Los vehículos transitan
a las 8 de la mañana con luces encendidas, las calles están vacías; un grueso
aguacero azota el asfalto azuloso. Los monitores muestran una panorámica del
estadio atestado, al fondo se distingue un nicho iluminado; algunos reflectores
lanzan densos haces de luz hacia la noche. Por el mercado se dispersa un aroma
a chicharrón, a frituras con ajo y cebolla. Los callejones formados por hileras
de casuchas de plástico, madera y cartón, lucen desolados. Comienza a hervir la
sopa de gallina; el cielo negro relampagueante avanza inclemente tragándose las
siluetas blancuzcas de las casas y las cúpulas de catedral. Las megapantallas
transmiten algunos anuncios comerciales mientras el público vuelve a sus
lugares después del intermedio. Algunos duermen la pea sobre la grama o en las
graderías, pero la emoción es intensa y contagiosa, saben que viene la
sensacional Shakira y hay que pelear por un buen lugar. Por los recovecos del
mercado corren los primeros riachuelos de agua amarillenta llena de basura.
Salen los músicos a escena, el público busca ansioso a la superestrella. Pasan
flotando tomates podridos, bolsas plásticas, hojas secas de plátano, cáscaras
de naranja, y de mango, y de coco, y de sandía. Ratones muertos, cerotes de
caballo y otras porquerías. Una vez más el presentador desde su podio, vibran
las gargantas alucinadas, el hombre anuncia a la estrella.
De un rincón olvidado
asoma una niña famélica, se desdobla despreocupada y se mete entre la
corriente; Eugenia la observa mientras revuelve la sopa. La muchachita camina bajo
el aguacero con pasmosa tranquilidad, va descalza, el pelo desaliñado y
empastado de tierra. Parpadean los reflectores mientras cambian de color,
inicia la música, aumentan las aclamaciones; la multitud alcanza su enésimo
clímax cuando aparece la cantante con su pelo rojo emitiendo destellos al ser
tocado por las líneas de luz: “Ayer conocí un cielo sin soool luna sin
cieeelooo...”, Shakira estira y separa sus piernas de zancuda mientras canta
observando fijamente el lente de la cámara. Los corredores del mercado huelen a
nacatamal; Ramiro y Lusito retiran la sopa del fuego. La chavalita sigue metida
entre la correntada ignorando los llamados de la gente advirtiéndole el
peligro. “Un río sin sal y un barco abandonado en el desieeertoo...”, la
multitud en tropel tararea la melodía mientras es bañada por los chorros de luz
que recorren el campo abierto. Alguien hala del brazo a la niñita poniéndola a
salvo del torrente de agua; el huracán ya ha entrado con toda su fuerza, los
rayos cuartean con su luz plateada el toldo oscuro del cielo y los relámpagos
hacen que los techos de cinc y los ventanales de León parezcan un ejército de
espejos listos a enfrentar la tormenta.
El espectáculo continua con la misma intensidad, los ojos de Shakira en primer
plano, la cadera de Shakira, su ombligo sensual en las pantallas, las uñas
cuidadas, los pasos de baile prefabricados, mismo molde para distinto modelín,
como un manual de la fama: Subir los brazos, echar hacia atrás los glúteos y
luego apretarlos hacia adelante, girar meneando la cadera, meterse el micrófono
en la boca...No pasa de las nueve de la mañana y León esta a oscuras; ciudad
aterrorizada sumida en la ansiedad. A veces las cúpulas de las iglesias se
iluminan, parecen las proas caprichosas de barcos gigantescos perdidos en una
tempestad a mar abierto. Shakira termina su presentación bajo apoteósicos
aplausos; se retira igual que los otros, sonriendo como los anteriores,
agitando la mano como cualquiera ante el público que se desgañita una vez más.
Las cámaras repiten tomas similares, luces similares, humo igual. León a la
deriva, ciudad- barco acorazado con tejas de barro y muros de adobe, armazones
de cemento y hierro, camarotes de cartón y plástico, de bloque y perlín, de
paja y chagüite, de barro y de bronce. Ciudad río, los bloques de casas
anegadas, el río serpenteando entre las cuadras, creciendo el río, comiéndose
los caminos de piedra y tierra, llevándose el recuerdo de los días de sol. La
tempestad como esencia de la furia, la ira desatada en todo su esplendor
castigando la altivez y el señorío de la ciudad indefensa y extenuada.
Allí están todos
reunidos por fuerza mayor: Thalía, Luis Miguel, Ricky Martin, Julio Iglesias,
Shakira; tomados de la mano. Los transeúntes escasos se amontonan contra el
muro tratando de resguardarse, allí esta Luisito con su bidón, Eugenia con el
cucharón de la sopa, Ramiro con su cuchillo, empapados en sangre de cerdo y de
gallina, juntos, arrinconados y asustados; solos mirándose entre ellos con
estupor, con la inundación a media pantorrilla, remojados, aparando con la
lengua el agua que les escurre, temblando de frío, aplanados en los resquicios
secos. Los ídolos hacen la venia, sonríen, levantan las manos unidas, se besan
entre ellos bajo una lluvia de flores y serpentinas. Alguna gente está
descalza, otra con las chinelas o los zapatos en la mano, con la mirada
extraviada en la danza de las gotas sobre los charcos, con las mangas del
pantalón recogidas, las faldas mojadas, los delantales arrugados; algunas
mujeres con el pelo atado atrás de la nuca. Los nacatamales sin vender, la
moronga sin vender, la suculenta sopa de gallina con albóndigas olvidada ante
la ferocidad del huracán.
—Eugenia, andá apagame
ese televisor antes que lo joda un rayo.