viernes, 19 de septiembre de 2014

LAS PUERTAS DEL CIELO. 2009.

Este nuevo libro de cuentos se publicó  el 28 de diciembre del 2009, siempre bajo el sello Ediciones Guolestrít. Con un tiraje de 300 ejemplares. El libro trae 20 cuentos:

Las puertas del cielo. Hormigas bajo mi zapato. Hadas de cuento. Retro. Misión Impasible. No somos una familia virtual. Yo, el 23. Hombres muy hombres. Guachimán. Perdedor promedio. Blade Runner vs. Guardabarranco. ¡Oh, Susan!. Puto. Hasta que el fastidio los separe. Masturbete mortis. Tiempo de morir. El segundo nacimiento de Faustino. La reina fea. El fardo. Espiral. 

Del libro, el escritor Henry Petrie publica una reseña aparecida en La Prensa Literaria el 12 de junio del 2010; aquí un fragmento: 

" Se caracteriza por la variedad temática, la ridiculización y crítica a los convencionalismos sociales, al fanatismo religioso y a la moralidad hipócrita. Denuncia injusticias, atropellos, estado de guerra y terror con reclutamiento forzoso (Guachimán, P. 28) Sus cuentos se nutren de los conflictos que generan la vida contemporánea, la influencia del desarrollo tecnológico y de los factores globalizantes, como la cinematografía actual, invasora y detonante del oscurantismo y mentalidades violentas."


Portada del libro.
21 x 14 cms. 82 páginas.


YO, EL 23

    El obeso ubicado en la punta de la fila menea un poco su timba, se le bambolean los colgajos del cogote. Las nalgas peludas celulíticas, rosadas con parches rojizos, paños blancos sobre la espalda, prominente hernia umbilical, cabeza de pelo negro, atestada de caspa, pectorales afeminados.

     ¡el número 18!
    — ¡una libra de posta de pierna, dos de lomo.
 
    Sigue la mujer bajita, blanca, vieja, senos caídos, lunares grisáceos con pelos gruesos prendidos, cual garrapatas, a la nuca robusta. El vello púbico negro y con canas se le extiende hasta la ingle, papada arrugada, axilas afeitadas, voz chillona, aliento cochambroso.

    — ¡el 19!
    — ¡aquí…dos libras de molida especial!
 
    Un hombre asoma su perfil, testa de cuervo, rasurada, cuello de camello, pecho flaco y plano, la palidez del torso se extiende hasta la altura de los antebrazos, de ahí en adelante todo es moreno falso quemado por el sol. Los testículos le cuelgan pegados a la entrepierna, el pene encogido blancuzco, prepucio color violeta escondido entre el pelambre genital lustroso de grasa. Largas y sucias uñas de los pies, corvas huesudas, vellos irregularmente dispersos por toda su anatomía.

    — ¡siguiente!
    — ¡libra y media de hígado!
 
    Mujer preñada apretando las nalgas hundidas para ahogar una imprudente flatulencia. Piernas de rodillas juntas y pantorrillas apartadas, un degradado del morado al blanco viniendo de los pies y terminando en la vulva soplada; la barriga estirada y brillante inundada de venas violáceas, sobre el tope de la redondez ya se montan las tetas henchidas, pezones grandes y oscuros, un cuello más oscuro que el pecho sostiene la cabeza de párpados prominentes, bolsas bajo los ojos, boca afligida.

         ¡veintiuuuuno…!
         ¡aquí… deme la ubre!
  
    Arrima un ente arrogante, calvo con cara de licenciado, presume con su obesidad exagerada, casi totalmente desprovisto de glúteos, escroto mínimo, pene insignificante. Muslos gruesos como de rinoceronte, rodillas manchadas, codos pellejosos, pantorrillas arqueadas hacia atrás, pelos que asoman de las orejas, ojos enrojecidos de batracio, boca pequeña similar a un ano con labios. Despliega su sonrisa académica para saludar a alguien y deja ver unos dientes oblicuos similares a los de un roedor.

      ¡a ver…usted tiene el 22! ¿Cierto?
    —Dame  sesos, tres libras…
 
    Mujer joven, senos levantados y pequeños, nalgas carnosas un tanto caídas, cadera ancha de hembra reproductora, pelo negro recogido detrás de la nuca, pintados los labios, el rostro repellado de tanto maquillaje, collares, aretes, pulseras, coño totalmente afeitado, igual los sobacos, se agacha a recoger una moneda y enseña el esfínter rojo rodeado de pequeñas espinillas, exhibe su herpes genital. Uñas pintadas, carnes firmes.

    — ¡usted señor, páseme su ficha! ¿Qué numero tiene?
    — ¡pues el último de la jornada! ¿Qué, no ve?
 
    Mi turno: hombre alto, anatomía claramente propensa a enfermedades cancerosas. Barriga soplada, brazos y piernas claras, verrugas en la espalda, mezquinos en la parte posterior de las piernas, escaso de pelos, nalgas esmirriadas, genitales encogidos del miedo. Primera cuchillada en el antebrazo, brota la sangre salpicándome el rostro aterrorizado, la primera rebanada de mi fibra cae entre la gran bandeja, se mezcla con otras carnes, con otras sangres, con otras pieles ya inertes, con otros miedos ya perdidos, tragados por la cinta metálica rotatoria que huele a olvido. Siguen con mi destace, desfilará mi cabeza con la boca abierta, ya sin globos oculares colgará ensartada del gancho de hierro al lado de las anteriores, sacudiéndose lentamente será trasportada al descampado, será devorada por las bandadas de encorbatados buitres carroñeros que, acechantes desde los rascacielos de concreto, custodian eternamente la entrada al paraíso.
 


martes, 16 de septiembre de 2014

ASUNTOS DEL BARRIO. 2007.

Este libro se editó y publicó en Lippstadt (Alemania) con tiraje de 300 ejemplares, con el apoyo de Marianne Recker y Christel Alexy, bajo el sello Ediciones Guolestrít en octubre del 2007. El libro consta de 27 cuentos agrupados en dos partes:

PARTE I:

Y la primera menstruación de Eva se transformó en manzana. El regreso del zapatero. El último revolucionario. Ella en él, él en ella. Tronco de zapatillas. El detergente más rendidor. Mosquita muerta. Comedor "La Perla del Sur". Su majestad la tele. Tenga tetas más grandes. Una luz que ilumina la fritanga. Tener vara con el ministro. El acelerador y el freno.  Gringo bien portado. Apenas la sed. Un bloque de mantequilla dietética "La Perfecta" cae, atraída por la gravedad tropical. Cuatro cepillos dentales en promoción, ingresan a una familia leonesa de la clase media. Entonación patriótica. Amasijo.

PARTE II:

Sudor maloliente. Parásitos. Mal aliento. Caspa. Hongos. La importancia de la espalda. Quincena en el súper. Bípedos mamíferos domesticados.

Portada del libro.
Formato 21 x 21 cms.
86 páginas.

Portada interna.










Arriba: dibujos rescatados del mural
que estaba ubicado en las paredes
de la piscina de la Casa de Cultura
"Antenor Sandino Hernández". 
Estos dibujos fueron publicados
en el libro.


GRINGO BIEN  PORTADO.

Gringo es bien parecido, ojiazul, peliamarillo, alto y flaco, espigado pero fibroso. Tiene buenos modales: — Hellou, boenos días ¿qué tener para desayuno hoy doña Nicoulasa? Gringo aseado, nada saginudo, ni mechudo. No es gringo mochilero. Es sano, ni siquiera fuma: — ¡Ooohhh, woouu, gallou pintou! ¡quérico! —. Gringo no usa chinelas, ni parece turista, su calzado de cuero va bien lustrado. Bien rasuradito, camisa por dentro del pantalón. Nada de azulones, no señor, pantalón de lino blanco, faja negra de cuero, igual los zapatos.  No es un chele vulgar, de esos apestosos que vienen a regalar caramelitos y a tomarse fotos con los chavalitos pobres y con eso se creen jesucristos, no, ¡nada de eso! Gringo es elegante, “mí ser uno hombre di negocios douñita” me dijo un día, esa mañana preguntó por un banco, yo creo que camina sus buenos billetes. — ¡Bonitou día siñora, mucho bueno para negocios…!—  Le gusta siempre mi comida, siempre se come todo, lo único es que nunca bebe fresco, siempre me pide agua de botella, debe ser por lo fino, si bebe del grifo le agarra cagadera. Tampoco come carne de res, ni chancho, con costo pollo sin pellejo o pescado. La única vez que lo veo comer carne es cuando trae de Managua, algo así como un jamón colorado, le encanta con queso, un día me dio a probar, es picante el gusto, pero es sabroso, aunque en lo personal no lo cambio por un buen vigorón. —¡Usté ser muy buen cocinera, mmm, quérico, quérico! —. Gringo me ha salido bien portado, llega temprano, vive leyendo sus libros, tiene una Biblia en inglés, de hojas con bordes dorados… ¡una joya de libro!, no se lo despega de su cabecera. Aquí han posado otros cheles, pero ninguno como éste. Algunos son bien cochinos, imbañables diría yo, además no tienen ni un poquito de vergüenza, quieren andar por toda la casa en calzoncillos, les hieden las patas, caminan las uñas largas y negras de mugre,  no se afeitan y andan las tapas pestíferas a pura cañería; sólo son fumar y dejar colillas por todos lados, como que no les enseñaron modales en su casa cuando eran niños, si no fuera por Gringo yo pensaría que esos tales países desarrollados son todos una sola jediondez — Hoy no venir a almorzar siñora, tener día mucho oucupado… —, Tranquilo doncito, no se preocupe… ¿quiere que le guarde almuerzo? Gringo es tan amable que a todo mundo le cae bien, simpático, parece como aquellos del cine, debe tener unas cuantas enamoradas, pero no le conozco ninguna., ¡hasta en eso es todo un caballero! bastante reservado en sus cosas, no como otros cheles que he cuidado, descaradamente se vienen a besuquear con sus mujeres aquí en la sala, son mujeres desvergonzadas también, se dejan manosear hasta en sus partes, algunos casi hacen sus cochinadas en mi propia cara, creen que porque miro televisión no me doy cuenta de sus relinchos. —– ¡Ooouu nooou, doña Nicoulasa, no preocuparse, mí comer afuera! —Está bien, está bien, cuídese ¿oyó? ¡Cuidado me le pasa algo por el camino! No sé por qué mi Abelardo lo detesta, dice que es hipócrita y farsante. Pero yo no le pongo mente porque la verdad es que mi hijo detesta a todos los extranjeros, más si son peliamarillos y ojiazules. Debe ser por lo que mi pobre chavalo salió negrito, flaquito y chaparro, patanguito mi muchacho, como su padre que en paz descanse. —¡Uuhummm, mi saber un cuidarme mucho bien!.

 

Abelardo siempre baja después que Gringo se va – mamita – me dice –usted sabe que yo no puedo comer junto a ese yanqui ¡se me revuelve la tripa! – Es juicioso mi muchacho, un buen albañil, nunca pudo terminar el bachillerato porque me lo mandaron a la guerra, estuvo enmontañado casi cuatro años, regresó flaco y peludo, con una cicatriz en el costado, casi me lo matan. Pero a él no le gusta hablar de esas cosas, lo único que repite es que por culpa de los yanquis nosotros estamos como estamos. —– Pero Abelaaaardo, vos debieras ser más amable con los cheles ¿no entendés?  De ahí nos ayudamos para los gastos. —– ¡Aay mama, cómo se ve que usted no entiende! —. Casi todos los días es lo mismo con Abelardo, nunca va a cambiar, me tuerce la boca y se va. Menos mal que a veces tarda días en regresar, principalmente cuando le salen trabajitos de albañilería fuera de la ciudad; aunque cuando regresa y encuentra a Gringo en el corredor, Abelardo siempre lo mira y escupe… ¡delante de él!... pero vea, qué señor tan educado, siempre lo saluda, nunca una mala mirada ni un mal modo con mi muchacho, nunca un comentario ofensivo contra mi muchacho… ¡tiene un corazón noble el gringuito! Claro, hay gringos de gringos, tuve suerte de que este se viniera a hospedar aquí; puede pagar un hotel lujoso, en el porte se le mira, sin embargo él prefiere aquí, suerte la mía, ojalá todos fueran así, pero como mi posadita es humilde entonces debo aguantarme el montón de peludos pedorros, marihuaneros y mañosos los jodidos… ¡La virgen me perdone!..

    Gringo hoy viene temprano a cenar, eso me dijo; cuando viene temprano cenamos juntos, es agradable sentarse a la mesa con alguien tan bien educado, da gusto compartir aunque sea gallo pinto con cuajada. – Venga doncito, siéntese a este lado, ya le tengo su comidita lista ¿oyó? ¿Va a tomar café o trajo su agüita de botella? no se preocupe que el malcriado de mi hijo no está, ya lleva días trabajando fuera. ¿Y cómo le fue hoy? cuénteme, lo miro callado, no me diga que está enamorado…ah ya veo, trajo su propio jamón para la cena, si es del picante le acepto un pedacito, gracias, así está bien, ¡mmmm, se mira sabrosa esta carne, yo pensaba que era jamón pero es un tipo de carne seca rara, bastante sabrosa ¡ajummm!... ¿ y de qué animal  es? pareciera como un pedazo de brazo...mmm ¿ y de qué se ríe? ¡Es bandidito usted doncito!…Una lástima que Abelardo sea tan orgulloso, estaría encantado probando esta carne, se me parece a una carne de mono que él trajo un día de la montaña, al comienzo me impresionó, me dio asco, recuerdo que le dije: ¡Ayy  mijo, si no fuera porque estás frente a mi, yo diría que este pedazo de brazo es  tuyo! “Mire mamá – me contestó mi muchacho – ¡aquí los únicos que nos quieren devorar vivos son los gringos!...”  

…Pero no le ponga mente a mis recuerdos doncito, son chochadas de vieja, al fin y al cabo la guerra ya pasó ¡gracias a Dios!


lunes, 15 de septiembre de 2014

CUENTOS PARA LEER EN FAMILIA

En noviembre del 2004, con un tiraje de 300 ejemplares, este librito (11.5 X 12.5 cms.) se publica gracias al apoyo de Editorial Majagüe (perteneciente al Movimiento de Teatro Popular sin Fronteras- MOVITEP) y Ediciones Guolestrit. Reúne una serie de mini cuentos divididos en tres partes:

PRIMERA PARTE:

Epitafio para un cascarrabias. Autoepitafio. Al fin una maldita casa. Edad del hambre. Neo-costumbrismo. Verdadero origen de la nueva catedral de Managua. Verdaderamente limpios. El primer "Copy Right". Marcados. Incitación al racismo. Pasiones exacerbadas. Historia patas arriba. Surrealidad virtual. Dulce manera de morir. Sobre sus pasos. Nunca se supo. Nocturno. Dama que ama. Ósculo. Carnales. Piedras con patas de hierro. Adopte una autopista. Naufragio. La sonrisa de la cíclope. El infinito controlado por el tiempo. Novedades del consumo. Pregúntale a Newton. Ecológica. Secretos de la aeronáutica. Zangoloteado. Cotidiano oficio. Cuento para después de dormir. Cuadrangular. La bicicleta.

SEGUNDA PARTE:

La escalera. La escalera de Jacob. 

TERCERA PARTE:

Para no darle gusto a la academia. Siete secretos para combatir el estrés. 

Dibujo para la portada inicial del libro, sin embargo finalmente se decidió
hacer un dibujo a mano original sobre cada portada. 



Portada interna.









Dibujos internos.

ZANGOLOTEADO

    El pan despertó esa mañana con unos deseos incontenibles de ser comido por alguien. Sólo por ello soportó con estoicismo que la niña lo zambullera y lo zangoloteara entre la leche antes de ingerirlo. Era el precio a pagar por cumplir con su más caro anhelo: convertirse en alimento.


       INCITACIÓN AL RACISMO

    Era una discriminación implacable, los negros asfixiando a las blancas, ocultándolas como si fueran una vergüenza de la especie. Las blancas eran perseguidas, arrancadas del territorio donde habían nacido y arrojadas al olvido.

 “Pero vas a ver, el tiempo nos dará la razón” le dijo una cana a la otra.


 NUNCA SE SUPO 

    Ella deseaba un suicidio perfecto y original, así que se plantó frente al espejo, tomó en su mano derecha el revólver y se disparó en la sien. El cuerpo inerte cayó al piso con la cabeza perforada.

     Sin embargo la imagen del espejo quedó absorta por lo precipitado de la acción, por ello bajó el revólver, fue a la mesa para dejar un adiós escrito, apuró un vaso de agua, regresó  y se ubicó de nuevo frente al espejo, tomó en su mano derecha el revólver y se disparó en la sien, cayendo el cuerpo inerte al piso con la cabeza totalmente despedazada.

    El problema quedó para los investigadores policiales quienes nunca se explicaron cómo ella había logrado dispararse primero en la sien derecha y, segundos después en la sien izquierda, utilizando para ello el mismo revólver y la misma mano.


domingo, 14 de septiembre de 2014

CRÓ-NICAS PARA LA EDAD DEL HAMBRE

Es un libro de cuentos publicado por la Editorial Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de León (UNAN León) en el año 2002. La publicación fue el premio obtenido al ganar el primer lugar en la rama de cuento de los Primeros Juegos Centroamericanos realizados el año 2000 bajo el auspicio de la UNAN León, La Asociación de Amigos del Teatro Municipal "José de la Cruz Mena" y el Instituto Cultural Rubén Darío.

Los cuentos publicados son:

PRIMERA PARTE: 

La única herencia de familia. Fantasma desnudo. Michael Jackson y la vaca de doña Bertilda. Fábula del buitre blanco. El candil y los grillos. Concierto huracanado de pollo con albóndigas.

SEGUNDA PARTE:

Una noche sin luz eléctrica. Flores de esponja. Espinillas y mocos. Monólogo de la cuestioncita. Las tentaciones de Juan Andrés. El sudor memorable de doña Merceditas. Cadena. Clinch. Muro de alambre.


Portada del libro.


CONCIERTO HURACANADO DE POLLO CON ALBÓNDIGAS


“ Qué dolor de papeles que ha
                                                 de barrer el viento,
                                               qué tristeza de tinta que
                                                           ha de borrar el agua.”
                                                           (Rafael Alberti)

 

Algo cinematográfico las muertes de aquellas gallinas de muslos blancos, pechugas rosadas. Thalía canta con su estilo. Algunas de las aves tenían varios huevos en su vientre, Ramiro no supo matarlas bien. La mujer se contorsiona, sube ambos brazos y junta las tetas que asoman por el escote, usa el micrófono como un falo mágico embadurnándolo de lápiz labial. Ramiro les torció mal el pescuezo, los animales volteaban los ojos a punto de irse de este mundo, pero resistían  y volvían en sí pataleando y aleteando con desespero. La cantante hace la venia, recibe miles de aplausos mientras sonríe con estudiada mueca fría e impersonal. Finalmente el hombre les cortó la cabeza de un machetazo porque aquellas pobres plumíferas se aferraban dramáticamente a su hilo de vida. El humo inunda la escena, Thalía desaparece enseñando sus nalgas lentejueleadas, regresa con los brazos extendidos, el público aplaude frenético, hay quienes se halan los pelos. La sangre salió a chorros, aún sin cabeza las gallinas pataleaban y aleteaban. La muñequita plástica se retira agitando sus manitas, estirando siempre la boca brillante; fotos, flashes, alaridos. Ramiro ríe con fruición, después lava sus manos y las seca en el pantalón manchado de sangres viejas. Suspenso en la escena, alguien anuncia: ¡...y con ustedeeees... Luuuuis Miiiiguel..!. Ramiro observa con enojo hacia la entrada del negocio,, Eugenia viene tarde: “¡ Idiay chavala... te dormiste, la hora de entrada es a las cinco de la mañana!”. Una fanática rompe el cerco de guardias y se abalanza encima del cantante, se le guinda del cuello y lo ataca a besos. Eugenia mira a Ramiro, no contesta nada, aún está dormida, hiede a orines, no se ha bañado, ni peinado, ni enjuagado la boca. Los guardaespaldas arrancan violentamente a la muchacha del figurín que se peina y sigue cantando: “ ... de tus besooos...oohoohoooh... cuando calienta el soool...”. Eugenia se estruja los ojos con el dorso de la mano, levanta con pereza el saco para el carbón y, arrastrando las chinelas, se encamina a la venta. Luis Miguel baila levemente, le arrojan calzones, fustanes, sostenes; la primera fila del público se cuelga de la tarima, la policía apenas puede contener la avalancha de fanáticas fuera de sí.

Ya han desplumado las gallinas, Ramiro las descuartiza ágilmente, Luisito barre el plumerío, las pieles quedan desnudas y erizadas, las cabezas colgando aparte, el agua hirviendo. Hay que pelar verdura, preparar la masa para las albóndigas. Eugenia regresa con el saco de carbón, lleva una camiseta sin mangas y el frío de la madrugada agita su bronquitis. Luis Miguel alborota su melena, se despoja del saco leva y lo arroja a la masa que se deshace por tenerlo. Sonríe el artista, su rostro partido en cuadrantes se proyecta desde las pantallas gigantescas que circundan el lugar. Ramiro mete en agua pechugas, perniles, pescuezos, verduras cortadas, sal; Eugenia atiza el fuego con una varilla de hierro. El cantante se dobla hacia adelante con una mano en el pecho y otra extendida saludando al respetable, los aplausos no cesan, es ensordecedora la gritería del público. “Ahora vamos con el chancho” dice Ramiro; Eugenia y Luisito arrastran al animal que chilla presa del pánico, va amarrado de patas y manos, no es muy grande. “¡Otra, otra, otra...!” pero nada, su contrato no da para más; sonrisitas, venias, cortesías a los músicos, cambios de luces, ir y venir de cámaras y fotógrafos; el ídolo decide, en gracioso gesto, lanzar su corbatín al aire.

Es difícil controlar aquel porcino, quizás presiente la proximidad de su muerte, brama hasta que Luisito le hunde el cuchillo marranero en el cogote, sus chillidos y convulsiones se van apagando. El público se calma, unos vuelven a sus asientos, otros comentan y canturrean, otros van por un refresco o un pito de marihuana. “Chancho hijuelagranputa tenía más fuerza que un hombre” dice Eugenia mientras guinda a la bestia con la cabeza hacia abajo; Ramiro pone un balde bajo el animal colgado para recoger la sangre. De repente las luces se apagan, un sonido creciente se va adueñando del lugar, la gente se desgalilla frenéticamente, un contraluz define gradualmente varias siluetas estáticas en escena; los gritos de transforman en berridos enloquecidos. Ramiro, Eugenia y Luisito han quedado empapados de sangre, las caras, las manos, los delantales. “Andá ponele más leña al fogón mientras le abro las tripas a este jodido” dice la niña Eugenia. Humo, una luz cenital ilumina la silueta recogida de Ricky Martin encaramado en un podio espectacular. Humo, Luisito mete tres tucos grandes de leña al fuego que se alza alumbrando el amanecer oscuro y helado de la ciudad. Cuando Ricky se levanta, caen las primeras desmayadas, salen disparados fuegos artificiales, juegos de luces; un rótulo gigante de la Pepsi parpadea al lado del escenario central. La estrella se estira, baila coordinando movimientos con otros danzarines; el gentío salta entusiasmado. Luisito regresa chapoteando por los charcos sucios del mercado con un bidón de agua limpia sobre la cabeza, maldice porque debe hacer dos viajes más y el camino está lodoso. Ya van tres días seguidos con mal tiempo y las noticias anuncian la llegada de un huracán.

     Cantando Ricky gira sobre si mismo, levanta el brazo derecho y despliega su sonrisa sobre el micrófono inalámbrico. La multitud se tira al piso, cantan con los ojos cerrados, juegan a formar olas humanas, sacuden las cabezas. El cantante recorre de lado a lado la tarima señalando al público con el dedo índice estirado. Ramiro calcula que la sopa se venderá rápido, el frío es intenso. Luisito descarga el bidón de agua, se amarra mejor el pantalón con el mecate y se encaja las chinelas de hule, así corre menos riesgo de resbalarse. Los bailarines están bañados de sudor pero sonríen siempre al público, parecen muñecos de goma por su flexibilidad al moverse. Ricky menea la cadera como fornicando al aire. Eugenia aparta la cabeza y las patas del chancho, alista las tripas, prepara la moronga. Luisito revuelve la sopa de gallina con albóndigas. Se adivina la llegada del nuevo día bajo un cielo gris plomizo. Cuando Ricky termina su presentación, todos en escena quedan quietos de nuevo, como estatuas vivientes y transpirantes. Truena el auditorio en gritos y aplausos mientras la policía corre a contener el desborde histérico de aquella masa de carne informe y convulsa; muecas, gesticulaciones sobre la frontera metálica que los separa de su dios. Los caramancheles del mercado lucen sombríos, la gente transita mustia también, con chaquetas impermeables, capotes de plástico, sombrillas de colores chillones; todo es sórdido y triste. De la tarima salen corriendo primero los bailarines, después Ricky caminando hacia atrás, lanzando besos al público. Sus dientes se proyectan descomunales desde las megapantallas mientras algunos, allá abajo, lloran emocionados.

Desde las radios vecinas provienen noticias que se cruzan en la atmósfera húmeda, todas coinciden en la inminente llegada del huracán, transmiten instrucciones precisas para prevenir desastres mayores. “¡...Y en esta noche de estrellas rutilantes, no podía faltar la presencia de uno de los grandes, ya ustedes saben de quién se trata... ¿ no adivinan?...”; de nuevo oscuridad total en la tarima. Luisito no puede creer en babosadas, necesita trabajar para comer, aunque Ramiro le pague una miseria. Los árboles comienzan a doblegarse vencidos por las primeras ráfagas de viento. “Abrázameee y no me digas nada sólo abrázameee...”, retornan lentamente las luces a escena: una figura solitaria canta sentada sobre una banca de patas largas y sin espaldar. Ya el público sabe quién es, su voz inconfundiblemente empalagosa inunda el ambiente. La gente vuelve al frenesí, al llanto eufórico. Los cables de luz se bambolean amenazadores, los rótulos colgantes crujen desde su óxido acumulado; rechinan flojas algunas láminas de Cinc. Ramiro revuelve el agua de la sopa, Eugenia prepara el chicharrón, Luisito vuelve con otro bidón repleto de agua limpia. “Abrázameee, como si fuera ahora la primera veeeeez...”. Se sacuden los techos plásticos rasgados; las bujías de luz amarilla encendidas sin alumbrar nada, inútiles como luciérnagas. “...como si me quisieras hoy igual que ayeeer”. Llueve de lado, el viento empuja al aguacero casi horizontalmente, dejando pocos rincones donde guarecerse. Las parejas bailan apretadas, algunos se besan y acarician impúdicamente, Julio Iglesias se levanta de la silla, su rostro enjuto en las pantallas, canta con los ojos cerrados; la policía descansa  y se prepara para lo que viene.

— ¡Apurate Luisito, traé por lo menos otro bidón de agua limpia antes que arrecie el aguacero!

— ¡Pero don Ramiro, es peligroso pasar el puente, mire el cauce cómo  está de crecido!

— ¡Idiay... ¿ Para qué te pago?, andá traéte el otro viaje y no te jodo más ¡

“Esperaré a que vuelvas si te vaaaas...”, Julio regresa a la silla, junta las manos sobre el micrófono, agacha la cabeza; aplausos, besos, Julio, Julio, Julio, Julio; flores al aire, de nuevo la policía a contener el alud. El ídolo saluda con una reverencia, se acerca al público y, con ademán donjuanesco, arroja su pañuelo de seda al gentío atolondrado.

Los vehículos transitan a las 8 de la mañana con luces encendidas, las calles están vacías; un grueso aguacero azota el asfalto azuloso. Los monitores muestran una panorámica del estadio atestado, al fondo se distingue un nicho iluminado; algunos reflectores lanzan densos haces de luz hacia la noche. Por el mercado se dispersa un aroma a chicharrón, a frituras con ajo y cebolla. Los callejones formados por hileras de casuchas de plástico, madera y cartón, lucen desolados. Comienza a hervir la sopa de gallina; el cielo negro relampagueante avanza inclemente tragándose las siluetas blancuzcas de las casas y las cúpulas de catedral. Las megapantallas transmiten algunos anuncios comerciales mientras el público vuelve a sus lugares después del intermedio. Algunos duermen la pea sobre la grama o en las graderías, pero la emoción es intensa y contagiosa, saben que viene la sensacional Shakira y hay que pelear por un buen lugar. Por los recovecos del mercado corren los primeros riachuelos de agua amarillenta llena de basura. Salen los músicos a escena, el público busca ansioso a la superestrella. Pasan flotando tomates podridos, bolsas plásticas, hojas secas de plátano, cáscaras de naranja, y de mango, y de coco, y de sandía. Ratones muertos, cerotes de caballo y otras porquerías. Una vez más el presentador desde su podio, vibran las gargantas alucinadas, el hombre anuncia a la estrella. 

De un rincón olvidado asoma una niña famélica, se desdobla despreocupada y se mete entre la corriente; Eugenia la observa mientras revuelve la sopa. La muchachita camina bajo el aguacero con pasmosa tranquilidad, va descalza, el pelo desaliñado y empastado de tierra. Parpadean los reflectores mientras cambian de color, inicia la música, aumentan las aclamaciones; la multitud alcanza su enésimo clímax cuando aparece la cantante con su pelo rojo emitiendo destellos al ser tocado por las líneas de luz: “Ayer conocí un cielo sin soool luna sin cieeelooo...”, Shakira estira y separa sus piernas de zancuda mientras canta observando fijamente el lente de la cámara. Los corredores del mercado huelen a nacatamal; Ramiro y Lusito retiran la sopa del fuego. La chavalita sigue metida entre la correntada ignorando los llamados de la gente advirtiéndole el peligro. “Un río sin sal y un barco abandonado en el desieeertoo...”, la multitud en tropel tararea la melodía mientras es bañada por los chorros de luz que recorren el campo abierto. Alguien hala del brazo a la niñita poniéndola a salvo del torrente de agua; el huracán ya ha entrado con toda su fuerza, los rayos cuartean con su luz plateada el toldo oscuro del cielo y los relámpagos hacen que los techos de cinc y los ventanales de León parezcan un ejército de espejos listos a enfrentar  la tormenta. El espectáculo continua con la misma intensidad, los ojos de Shakira en primer plano, la cadera de Shakira, su ombligo sensual en las pantallas, las uñas cuidadas, los pasos de baile prefabricados, mismo molde para distinto modelín, como un manual de la fama: Subir los brazos, echar hacia atrás los glúteos y luego apretarlos hacia adelante, girar meneando la cadera, meterse el micrófono en la boca...No pasa de las nueve de la mañana y León esta a oscuras; ciudad aterrorizada sumida en la ansiedad. A veces las cúpulas de las iglesias se iluminan, parecen las proas caprichosas de barcos gigantescos perdidos en una tempestad a mar abierto. Shakira termina su presentación bajo apoteósicos aplausos; se retira igual que los otros, sonriendo como los anteriores, agitando la mano como cualquiera ante el público que se desgañita una vez más. Las cámaras repiten tomas similares, luces similares, humo igual. León a la deriva, ciudad- barco acorazado con tejas de barro y muros de adobe, armazones de cemento y hierro, camarotes de cartón y plástico, de bloque y perlín, de paja y chagüite, de barro y de bronce. Ciudad río, los bloques de casas anegadas, el río serpenteando entre las cuadras, creciendo el río, comiéndose los caminos de piedra y tierra, llevándose el recuerdo de los días de sol. La tempestad como esencia de la furia, la ira desatada en todo su esplendor castigando la altivez y el señorío de la ciudad indefensa y extenuada.

Allí están todos reunidos por fuerza mayor: Thalía, Luis Miguel, Ricky Martin, Julio Iglesias, Shakira; tomados de la mano. Los transeúntes escasos se amontonan contra el muro tratando de resguardarse, allí esta Luisito con su bidón, Eugenia con el cucharón de la sopa, Ramiro con su cuchillo, empapados en sangre de cerdo y de gallina, juntos, arrinconados y asustados; solos mirándose entre ellos con estupor, con la inundación a media pantorrilla, remojados, aparando con la lengua el agua que les escurre, temblando de frío, aplanados en los resquicios secos. Los ídolos hacen la venia, sonríen, levantan las manos unidas, se besan entre ellos bajo una lluvia de flores y serpentinas. Alguna gente está descalza, otra con las chinelas o los zapatos en la mano, con la mirada extraviada en la danza de las gotas sobre los charcos, con las mangas del pantalón recogidas, las faldas mojadas, los delantales arrugados; algunas mujeres con el pelo atado atrás de la nuca. Los nacatamales sin vender, la moronga sin vender, la suculenta sopa de gallina con albóndigas olvidada ante la ferocidad del huracán.

—Eugenia, andá apagame ese televisor antes que lo joda un rayo.